Investigación, Testimonios

MANUEL MONTES DE OCA

18 Nov , 2025  

JUAN LUIS CANCA MONTES DE OCA Busca el cuerpo de su abuelo materno, MANUEL MONTES DE OCA.

Juan Canca y Fernando López, Abuelo y nieto.

“Yo no he conocido a mi abuelo. Mi familia, mi madre, mi tío: todos; nunca hablaron de él. Y lo único que supimos mi hermana y yo, cuando ya éramos mayorcitos, es que el abuelo tenía un camión; y que desapareció el camión y el abuelo. Y ya”, cuenta Juan Luis Canca Montes de Oca (Jerez, 1939), quien decide narrar lo que le ocurrió a su abuelo materno Manuel Montes de Oca (su segundo apellido, lo desconocemos), para sacarlo del silencio, de la inexistencia.

“Hay un vacío inexplicable en la historia de las familias, que queremos recuperar. Queremos saber la razón, el porqué desapareció. Eso es lo que intentamos encontrar, por eso compartimos su historia”, continúa su nieto, Fernándo López Canca (Jerez, 2008). Juntos, se sientan en la azotea de su domicilio, en la calle Francos, para intentar hilar la historia sepultada de su abuelo y tatarabuelo.

Manuel, nacido en Algar, desapareció meses antes del Golpe de Estado del 36, junto a su camión. Juan Luis no fue consciente de la existencia de su abuelo Manuel hasta que encontró una fotografía de él, en blanco y negro, junto a un camión. “Era una foto muy chiquitita, pero se le veía a él con un sombrero. Porque los hombres de campo usaban sombreros, no gorra ni nada de eso. Un sombrero. Y mi madre me dijo: Ese es el abuelo. Pero apenas se le veía la cara”, explica.

Cuando Antonia Fabero da por muerto a su marido Manuel, decide mudarse con sus cuatro hijos: Micaela (madre de Juan Luis y la mayor, con 18 años de edad), Josefa, Juana y Manuel, a Jerez de la Frontera; a trabajar, a buscarse la vida como pudiera, “sirviendo en casa de señoritos”. Y en los días posteriores a su desaparición, Antonia, siempre vestida de luto, nunca jamás volvió a hablar de su marido.

—¿Cómo te explicas ese silencio, Juan Luis?
— Es una cosa muy dada en aquellos años. El pueblo estaba totalmente atemorizado. El miedo de hablar, de compartir lo que había ocurrido… Y yo lo he notado, que es verdad: que no hablaban. Es como si mi madre y mi abuela hubiesen hecho algo. Un crimen. Pero ya no las tengo conmigo para preguntarles. Ya están muertos.
—¿Tú crees que heredas también ese silencio y ese miedo?
—No, no. Yo… Lo que yo me pregunto es, si ellos que han podido saber o preguntar o haberlo averiguado, que no lo han hecho. Entonces yo no lo voy a averiguar; no lo voy a encontrar. Eso es una cosa…, para mí perdida.
—Fernando, ¿tú cómo conoces la historia de tu tatarabuelo? —La conozco a raíz de la propia ausencia de una historia. Es decir, el hecho de que no conozca quién es mi otro tatarabuelo, hace que me pregunte quién fue. Yo me imagino, si yo no tuviera mi abuelo ¿Cómo tiene que ser que él se criara sin él? Entonces empezamos a indagar y hablando con la familia y tal descubrimos que este problema del silencio fue común en todas las casas durante la posguerra.

Juan Luis no recuerda en qué momento empezó a curiosear sobre la historia de su abuelo. Cree que fue a través de unas primas que encontró en Algar. Pero aclara que él no busca ya “ni la historia porque…, está toda perdida. Es que no hay forma de saber nada. Es que eso es como si tú has perdido una cartera y sabes que se la encontró alguien y que no te la ha devuelto, y que no lo vas a ver nunca. Es que eso es un imposible. Es que no fue el camión de mi abuelo, fueron muchos camiones, y muchas cosas. Hasta motos. Entonces desaparecía, y desaparecía. Y no la busque; porque no va a aparecer”. Confiesa no tener ningún dato certero sobre la vida y el paradero de su abuelo.

Una foto de Manuel Montes de Oca.

Para la familia Montes de Oca, todo este proceso de reconstrucción de la memoria de Manuel significa: frustración. “Porque no podemos, no somos capaces de recuperar esa memoria, ya que no existe: se ha borrado. Se ha pausado en medio del tiempo. Estamos aquí denunciando el hecho de que mi abuelo no sepa qué pasó con su abuelo. Y que por ende yo no sepa qué es lo que ocurrió con mi tatarabuelo. Esa es la injusticia. Esa falta de existencia, de conocimiento sobre lo que ocurrió; o siquiera quién fue. Eso es lo que nos frustra y lo que nos hace pensar quiénes fueron esta gente. Le debemos, aunque sea esta tontería de estar aquí ahora recordándolo: hablando de él, lo poco que sabemos sobre él”, denuncia Fernando, su tataranieto. “Yo me voy a morir con esa pena”, añade Juan Luis, su nieto; a lo que Fernando agrega: “Yo también”.

Ambos desean luchar contra el silencio, a través de la pregunta. “El único mensaje que puedo decir es que se apresuren a preguntar, porque desgraciadamente aquellas últimas personas que conservan el conocimiento sobre: ¿Qué ocurrió? ¿Qué pasó? ¿Quién fue tal persona? Esas personas están dejando de existir. Hace ya casi un siglo de la guerra; y todo lo que duró. Entonces hay que apresurarse a recoger todo el conocimiento que podamos, para después saber de verdad lo que pasó. Vamos, aquí está el ejemplo de ellos, ¿no?, en base a ese miedo y a ese silencio heredado”, concluye Fernando, a sus 16 años de edad, mientras observa a su abuelo Juan Luis. Dos nietos, hablando y conversando juntos para hacer justicia de la vida que tuvieron que transitar sus abuelos. Uno que vivió sin él, y el otro que se pregunta cómo pudo vivir sin la presencia que él mismo disfruta.

Comparte:

,



Comments are closed.