
Miguel Arjona y Ana Morales.
“Nací en una casa donde se lloraba día y noche, y donde olía sangre”. —Ana González Arjona (Jerez, 1937)
“Mi padre me hablaba excelentísimamente de él. Decía que era un hombre con muchos principios, con grandes valores, muy trabajador…”. José Arjona Ocaña era presidente de la sociedad de arrumbadores, en Jerez de la Frontera. Una de las actividades económicas principales en el pueblo, “y supongo que ese sería el motivo por el que finalmente pusieron fin a su vida, a sus 28 años de edad”, especifica su sobrino Miguel Ángel Arjona Cuenca (Jerez, 1976).
“Mi madre, Ana, como anécdota, contaba que era un hombre que no parecía un arrumbador, que es lo que era, un jornalero. Un día José dio como una especie de conferencia diciendo que todos los trabajadores tenían que luchar por sus derechos. Y hubo alguien allí que dijo: Parece increíble que no tenga nada más que las reglas básicas, saber sumar y leer un poco. Y mi bisabuelo Manuel Ocaña, que estaba allí, se sintió muy orgulloso y dijo: Yo soy su padre”, relata su sobrina nieta Ana Morales (Jerez, 1971).
Con casi 2 metros de altura, José Arjona era “por lo visto muy guapo, con ojos azules”, autodidacta, sibarita y un enamorado de los animales. “Tenía una gata y una perra”, apunta Ana, quien añade: “Entonces su obsesión siempre, cuando salía por la puerta —yo no sé si esto tú lo sabes, le dice a su primo Miguel Ángel —, se volvía y decía: Que no le mamen y que no le echen alfileres. Y todo el mundo decía: Que es lo que dice tu hermano, que no le mamen. Que no le mamen era porque tenía una perra que continuamente estaba teniendo camadas y ya estaba débil de tantos partos. Y que no le echen alfileres era que no cayeran alfileres de la costura en el agua, porque su madre y sus hermanas cosían”. Ríe.

José Arjona Ocaña de niño.
“Creemos que lo apresaron por eso, por sus ideales. No sabemos manifiestamente ni que fuera republicano, ni que tuviera, a lo mejor, unas convicciones políticas, no sabemos cuáles eran; pero está claro que luchaba por los derechos de los trabajadores y eso en aquella época se consideró…”. Algo a lo que pisotear y esconder bajo tierra.
Si bien el Franquismo acabó con la vida de José Arjona Ocaña de una manera violenta y cruel, sus seres queridos y descendientes rememoran su presencia, luminosa y arrolladora, entre risas y alegría. “Yo recuerdo también una anécdota graciosa, y mi padre nunca fue capaz de darme la explicación, pero él me decía que mi tío se refería a él como Mateo, cuando mi padre se llamaba Rafael. ¡Pero niño, Mateo! le decía. Nunca le pregunté; pero lo cierto es que no sé por qué le decía mi tío a mi padre Mateo. A lo mejor lo enfadaba y chinchaba a su hermano de esa manera, ¿no?”, cuenta Miguel Ángel, a lo que Ana continúa: “Puede ser, puede ser. Era muy serio, era un hombre serio, se le veía de plantes serios y demás, pero por lo visto era muy bromista y le encantaban los chascarrillos”. “Tenía mucho ‘age’. De hecho toda la familia. Porque su padre era así, su padre contaba unos chistes y era súper gracioso…”, dice Ana señalando a su primo.
“Mi padre Rafael debió estar muy afectado porque incluso después de yo nacer, cuando yo hablaba con él —por decirlo de alguna forma— porque justo nada más empezar una conversación él se emocionaba mucho, se ponía a llorar, lo pasaba mal y había que cortar… Y no bastaba con dejar pasar unos cuantos días, que es lo que yo intentaba hacer para indagar un poco más sobre la historia de mi tío. A lo mejor al mes o al esperar un tiempo prudencial, volvía a intentar sacarle el tema y la reacción era la misma. Él intentaba expresar algo, pero se emocionaba, lloraba, se le saltaban los lágrimas…”, comparte su hijo.
“Por lo que contaba mi madre, una parte de la familia, bueno, mi bisabuela, seguía con la esperanza de que estuviera vivo. Lo pensaba porque al principio cuando lo cogieron, él se carteaba con su novia Lola. Al final de una de esas cartas dibujó unos borreguitos; entonces su novia cogió el papel y se fue muy contenta a enseñársela a mi abuela, su hermana, diciéndole: Mira, a Pepe lo van a soltar porque es que Pepe está dibujando. Y entonces mi abuela, que lo conocía y sabía un poco cómo iba la cosa, le dice: No, Lola, mi hermano dice que lo llevan al matadero como a los borreguitos. Y efectivamente así fue”.
Ese fue el fin de José Arjona Ocaña. “A partir de ahí, un día a su padre lo avisan para decirle que lo han prendido y que creen que lo han fusilado aquí al lado, en la plaza de toros, y que lo han traído al cementerio, donde estamos ahora mismo”, apunta Ana, señalando lo que es a día de hoy el parque Scout. “Él se viene para acá como puede, un hombre mayor y un poco enfermo, y se viene para acá y habla con el guarda de la puerta que lo conoce, le dice: Déjame pasar. Y le dice: Yo no te puedo dejar pasar porque me busco la ruina. Yo no sé qué fue, pero le dio pena y lo dejó entrar; y efectivamente, encontró el cuerpo de su hijo. Cayó sobre él, el hombre entró, lo sacó, y claro, él solo se lo contó a mi abuela, le dijo: He visto a tu hermano, está muerto, pero no se lo quiso decir a su mujer”, narra la sobrina nieta de José.
“Entonces, su mujer seguía manteniendo la esperanza de que estuviera vivo, y de vez en cuando lo soltaba y él se volvía loco”. Unos meses después, el padre de José Arjona falleció. “Lo mató el impacto que le causó la muerte de su hijo. Mi padre coloquialmente me decía que mi abuelo murió de pena, sobre todo sabiendo que te han matado al hijo, y habiéndolo tu visto, imagino que el impacto debe ser fuerte…”, agrega Miguel Ángel.
Tras perder a un hijo y hermano bueno, noble, “que no había hecho nada malo”, la familia quedó inundada en una atmósfera de rabia e impotencia. “Mi abuela, que era su hermana, gritaba por toda la casa de vecinos: Asesinos, asesinos, os habéis llevado la honra de Jerez, venid a por mí, venid a por mí”, cuenta Ana Morales González, a lo que añade: “Mi madre me decía que mi abuela era muy rebelde, que no era de aquellos tiempos… Ella lo pasó muy mal”.
Para ella, su madre Ana trajo luz a la casa. “Mi abuela tuvo la suerte de quedarse embarazada pronto y tener a mi madre: la que devolvió la ilusión a la familia. Porque mi bisabuela Ana Ocaña, la madre de Pepe, había muerto porque dejó de comer… Y la niña, bueno, arrojó luz. Esa ilusión que yo creo que a ella le quitaron de niña porque nació en una casa que estaba muerta”. “Mi madre siempre contaba la historia de su vida: las cosas buenas, las malas, la época que le tocó vivir… Y siempre narraba lo mismo: ella nació en una casa donde se lloraba día y noche, y donde olía sangre”, transmite su hija.
Ambos, Ana y Miguel Ángel, se encuentran y se sienten interpelados en la historia que va narrando el otro. Historias de sufrimiento y dolor que ambos comparten en las carnes de su memoria. “Yo suelo decir que era parte de la herencia de mi padre, que falleció hace ya 16 años, el seguir velando por el recuerdo que él tenía de su hermano José”, manifiesta Miguel Ángel. “Yo creo que por justicia. Justicia y porque…, no sé qué hay después de la muerte, pero evidentemente; la persona muerta, está muerta, pero el que queda vivo no puede seguir vivo y viviendo de esa manera… Y queda mucho por contar de él, que él ya no va a poder contar ni nada”, concluye Ana.
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