Investigación, Testimonios

FRANCISCO RETAMERO RODRÍGUEZ

15 Ene , 2026  

PACO DE LA ROSA RETAMERO Busca el cuerpo de su abuelo materno, FRANCISCO RETAMERO RODRÍGUEZ

María Retamero Fernández, madre de Paco de La Rosa, quien nos cuenta la historia.

—Le juzgaron la causa y lo declararon inocente.
—¿Después de haberlo fusilado?
—Sí. No sé si dos años después. Cuando ya acabó la guerra, empezaron a revisar todos los casos, y a él lo declararon inocente.

Francisco Retamero Rodríguez (Jerez, 1894) fue el primer fusilado de Jerez de la Frontera tras el alzamiento del 18 de julio del 36, según los registros y según nos cuenta su nieto, Paco De la Rosa Retamero (Jerez, 1952). “Cuando el Golpe de Estado llegó aquí, lo primero que hicieron fue ir a la delegación municipal y empezar a detener a la gente. Mi abuelo se escondió, pero después lo encontraron y se lo llevaron a la plaza de la Hierba, donde lo tuvieron encerrado; hasta que el 10 de agosto de 1936, un lunes por la mañana, se lo llevan al pozo de la víbora y lo fusilan allí”, relata Paco.

—¿Fusilan a todo el grupo municipal de la República?
—No, no. De hecho a muchos les propusieron pasar al otro bando. Pero mi abuelo era un hombre de ideas, ¿no? Y bueno, él tampoco había hecho nada…

Francisco Retamero Rodríguez en un retrato.

Francisco Retamero intentó esconderse en la calle Ídolos, en una vivienda donde residió anteriormente. Pero la familia al completo vivía en el número 25 de la calle Sol, en pleno barrio de San Miguel. Al día siguiente de asesinarlo; su mujer, Josefa Fernández Soto, recibió la ropa ensangrentada, junto con su reloj y el resto de sus pertenencias. “Mi abuela lo que hace es guardarla, sin lavarla ni nada. La deja tal y como está y se pasa el resto de su vida sufriendo”, apunta su nieto. “Entonces, la bodega González Byass le daba trabajo a las viudas, y mi abuela Josefa trabajó lavando botellas por la noche, allí en la bodega, donde coge una especie de asma y muere de eso”, enlaza.

La madre de Paco, María Retamero Fernández, era la segunda de seis hijos. Cuando pierden a su padre, la más pequeña tenía tan solo dos meses de vida. “Que, de los hermanos, es la única que vive a día de hoy”, incide. En una posguerra de hambre y miseria, su madre María se pone a trabajar muy pronto. “Entre ella y su tía Mercedes, que era maestra, son las que alimentan a toda la familia. Tuvieron una vida de duelo cotidiano. De duelo cotidiano”, insiste.

Carnet de socio de la asociación general de oficiales y auxiliares de secretaría judicial de España.

Afable, generoso, un hombre de principios muy férreos y muy querido en la ciudad. Así recuerdan la imagen de Francisco Retamero. “A mí siempre me dijeron que me parecía a él. Mi abuela y todo el mundo me decía que físicamente me parecía mucho. Y según cuentan, era un hombre muy querido porque él cobraba, y cuando llegaba a su casa apenas le quedaba dinero porque le daba duros a toda la gente que le pedía”, comenta Paco.

Su madre y su padre, José De la Rosa, fueron los que llevaron a cabo esa labor de investigación y los que documentaron toda la vida de Francisco Retamero, junto con las fotografías que atesoraba su hermana Mercedes. Y no es hasta sus 32 años de edad, cuando Paco ve por primera vez la imagen de su abuelo Francisco.

—¿Te reconociste en él?
—Sí. De joven, sobre todo. Teníamos mucho parecido.
—¿Sabéis dónde está el cuerpo de tu abuelo?
—Claro, a él lo enterraron en lo que era el cementerio de Santo Domingo. Aunque ese cementerio lo vaciaron, ahí estaba también enterrada una hermana mía que murió después. Y ese cementerio ya quedó fuera de servicio porque era muy pequeño, ¿no? Pero sí, a él lo enterraron en la fosa común, él fue el primer habitante de la fosa común del cementerio.

“Y además te voy a decir una cosa. Curiosamente, con lo de la memoria histórica, la mayoría de la gente piensa en encontrar restos para enterrarlo: el perdón, el reconocimiento… Pero a mi madre eso le importaba un auténtico pito. Decía que los restos son materia y que ella lo que tenía de su padre era el recuerdo, que era lo más valioso. Y que lo del reconocimiento, pues que es una tontería”, recuerda Paco sobre las conversaciones que mantuvo con su madre María.

—¿Por qué?
—Porque el reconocimiento, ¿Quién lo hace? No lo van a hacer los que lo mataron ni la gente de esa época porque ya están todos muertos. El reconocimiento lo pueden hacer los de la segunda o tercera generación, que tampoco han vivido eso. ¿Qué perdón puede pedir la gente de hoy, ya sean políticos o no, a una cosa que se hizo hace 90 años? Entonces para mi madre no era una cosa que le preocupara: ni los restos, ni el reconocimiento. Pero sí el recuerdo. El recuerdo, por supuesto. Por eso hablaba de su padre a diario.

“Pero vamos a ver, el reconocimiento no lo van a hacer nunca los que lo mataron. Porque la gente que lo mató, aparte de que ya no vive, nunca van a reconocer lo que hicieron. Porque no es un problema de unos que mataron a mi abuelo, no, no. El problema es un problema de país. Este país vivió una Guerra Civil, que es lo peor que se puede vivir”, reitera. “Pero la gente que mata no comprende nunca por qué mata ni quiere comprenderlo. Porque es mirarse en el espejo y nadie se quiere mirar en el espejo. ¿Te das cuenta? Porque de una manera inconsciente yo creo que la gente comprende que el odio es una especie de vicio. O sea, tú cuando odias, eres prisionero de quien odias. ¿Comprendes? Tú eres prisionero”, reflexiona Paco, quien estuvo durante años trabajando como profesor de Filosofía, de Literatura y de Técnicas de Escritura en La Sorbona, la Universidad de París.

Si bien la historia de su abuelo tiene peso para ser contada, la vida que transitaron sus padres y él, siendo un niño, es para escribir una serie de libros. “En los años 80, mi padre recibió un documento del Ministerio de Justicia, que no sé si lo debo tener yo, donde se reconocía de alguna manera la injusticia que se había hecho, sobre todo, contra mi abuelo. Porque mi padre fue exiliado, pero ese papel en concreto hablaba sobre mi abuelo Francisco. Y bueno, en un momento dado le pusieron a una calle de Jerez el nombre de mi abuelo; y el nombre de mi padre a otra”, narra. Es decir, al final su familia sí recibió un reconocimiento en su tierra, por lo que sufrieron. “Sí, al final sí”, confiesa.

—¿Por qué exilian a tu padre?
—Mi madre siempre estaba con esa quemazón de lo de mi abuelo y eran férreos opositores al régimen de Franco. Y entonces mi padre, que trabajaba en el Banco de Vizcaya, que era un hombre que leía mucho y que le gustaba mucho la historia, fue el que creó en Jerez lo que hoy es el sindicato de Comisiones Obreras, que en esa época se llamaba El Brujo. Y al final, toda la gente que estaba metida en eso: o fueron detenidas o exiliadas.

José se marchó a París en el año 69, pero María se quedó en Jerez. “Mi padre tenía que hacer muchas cosas de documentación, de mandar a un lado a otro; pero como él no lo podía hacer, yo me llevé toda la vida en trenes viajando a todas partes, para llevar documentación”, expone. Paco fue mensajero del bando republicano desde los 9 años hasta que su madre, que temía que le pasara algo a su hijo, lo mandara a vivir solo a Barcelona, con 17 años de edad. Dos años después, se muda a vivir a París, donde su madre se había exiliado también, después de caer presa durante un tiempo, en Jerez.

Para Paco, el trabajo político que desarrolló su padre y su madre desde la clandestinidad, sirvió para construir lo que más tarde se llamó: La Transición. “Hoy en día se critica tanto… Pero, en definitiva, la transición sirvió para que la gente que había ganado la guerra y los que habían perdido, tuvieran un cierto entendimiento, una cierta reconciliación para que España pudiera llegar a un régimen democrático y que pudiéramos vivir todos en paz. Para eso sirvió fundamentalmente, ¿no? Nada más”, afirma.

En noviembre del 77, Paco empezó a trabajar en la Embajada de París. Y en el 82, “recuerdo que tenía una situación súper cómoda. Ganaba mucho dinero, vivía en una casa maravillosa… Y teniendo una vida tan agradable, empecé a deprimirme de una manera bestial, y no comprendía el porqué. Pero creo que todo se arregla en la vida con la comprensión. Y entonces yo comprendí, gracias al »Prendi» o al Cristo de la Aspiración, que yo no quería ser una víctima, porque ser una víctima es también un vicio, cuando tú eres una víctima, todo lo que te ocurre en la vida, lo justificas a través del victimismo. Y todas las frustraciones, esas cosas que eres capaz de hacer pero que no las haces por comodidad o dificultad, las justificas porque eres una víctima. Entonces me negué. Yo no quería ser una víctima. Quería ser una persona alegre y positiva”, analiza Paco, con la mirada puesta en su madre.

“Mi madre fue una víctima profesional. Y cuando tú vives con una víctima profesional, y más en este país, hay dos cosas que siempre se untan; como la mantequilla en el pan. Una es el victimismo y la otra es la culpabilidad. Porque la culpabilidad la llevamos todos. Y todo el mundo la hereda; nadie sabe definirlo, nadie lo comprende, pero todo el mundo lo lleva por dentro”, asegura, al tiempo en que contempla a su amigo José de los Camarones, cantaor de Jerez, y se dirige a él: “Con quien yo me he reconocido más es con gente como José, gente humilde y sencilla porque es la que más te llega al alma. A mí me gusta la gente que está a mi nivel; en igualdad. Porque es lo más humano”. Así termina Paco la entrevista; contando anécdotas, filosofando entre cigarrillos y dándole monedas a las personas que le piden por la calle, como hacía su abuelo Francisco Retamero Rodríguez. Digo yo, la generosidad y el saber vivir también se heredarán.

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