Investigación, Testimonios

MARIANO ATALAYA RODRÍGUEZ

15 Ene , 2026  

ROCÍO ATALAYA PERALTA Busca el cuerpo de su abuelo paterno, MARIANO ATALAYA RODRÍGUEZ

“Ellos habían estado bien económicamente por el trabajo de mi abuelo. Y cuando desaparece, la familia cae en la más absoluta pobreza. Mi abuela Antonia lo tiene que vender todo, hasta la colcha de crochet de su cama que hizo para casarse; las canastillas de los niños, las toallas… Tuvo que venderlo absolutamente todo y ponerse a trabajar en el campo, porque era lo que había entonces allí, en Espartinas. Mi abuela era pantalonera, era sastra, pero nadie le daba trabajo. Porque era la viuda de un… Y la gente tenía miedo. A mi abuela en el pueblo la ayudaban, pero la ayudaban a la escondía”.

Rocío Atalaya Peralta

Así relata Rocío Atalaya Peralta (Jerez, 1967) lo que sufrió la familia de su padre tras el asesinato de su abuelo, Mariano Atalaya Rodríguez, nacido en Jerez de la Frontera y desaparecido en Alcalá de Guadaira tras el alzamiento del 18 de julio del 36. Mariano, maestro tonelero en una empresa de Espartinas, también era sindicalista. Un día, tras el estallido de la Guerra Civil, mientras jugaba a una partida de dominó, se le acercó un amigo para advertirle: “Te están buscando, estás en la lista negra. Vete”.

“Pero mi abuelo, ¿Cómo se iba a ir? Si tenía seis hijos. El mayor de 15 años; el más chico, que era mi padre, con 2 años; y mi abuela, embarazada”, puntualiza Rocío. Es por ello que huyó a Alcalá de Guadaira, donde vivía un hermano suyo que lo podía colocar en otro trabajo. “Y mi abuela, cada 15 días, iba a verlo; le llevaba ropa limpia y le recogía el jornal. Y siempre, en el viaje, llevaba a uno de los niños para que no perdieran el cariño de su padre”, reconstruye su nieta.

Su abuela Antonia podía viajar en autobús desde Espartinas hasta Alcalá gracias a un salvoconducto que le proporcionaba el Ayuntamiento. “Pero un día, los del Ayuntamiento le dijeron que no. Que ya no había más. Entonces, decidió irse sola hasta Alcalá, sin salvoconducto ni nada. Y cuando llegó, se encontró que ya no estaba. Que por lo visto habían ido unos amigos a buscarlo y que se había ido y ya no había vuelto. Hasta el día de hoy”.

“Nunca se habló abiertamente de lo que le ocurrió a mi abuelo. Yo sabía más por mi madre que por mi padre. Lo poquito que se contaba era eso, que lo habían fusilado en la guerra”. No obstante, como otras víctimas del franquismo, en su partida de defunción se puede leer ‘caído en bando de guerra’. “Es que parece mentira, es que es una ironía. Mi abuelo no estuvo en ninguna guerra, no estuvo en ningún frente y en su vida disparó un arma”.

“Mi abuelo era un hombre culto. Él hubiera querido darle estudios a sus hijos… Entonces, él ahora estaría tan orgulloso de que sus nietos hayamos estudiado y tengamos todos una profesión, ¿sabes? Esa es la pena, que él a sus hijos no les pudo dar nada… porque no, porque tenían que comer, evidentemente. Y porque le arrebataron la vida”, expresa emocionada.

Abuelos de Rocío, Mariano Atalaya y su esposa, Antonia.

Desaparecido. Sin rastro del cuerpo de su abuelo paterno, “mi padre hablaba muy poco, muy poco de él, la verdad. Pero es que él solo tenía 2 años cuando todo ocurrió, apenas lo conoció…”. Rocío es transmisora oral de la historia de su abuelo gracias al trabajo de investigación que realizó junto a su prima Manoli, que es quien tuvo más contacto con su abuela Antonia, antes de que esta falleciera. “Ella es la que indagó más en la historia familiar y la que nos lo ha inculcado a nosotros: a mí y a mis primos”.

Y en su caso, lo que sí conoce de primera mano es lo que sufrió su abuela Antonia para sacar adelante a su familia, con mucha fatiga. “Mi abuela fue una mujer muy valiente”. Vestida de luto y con su roete peinando sus canas; “fue una mujer que había pasado lo más grande. Yo me pongo ahora mismo en su pellejo y digo, Dios mío de mi alma, lo que tiene que ser eso. Llegar, no volver a verlo más, y verte con seis hijos y sin un duro. Y luego que se te muera una niña con 2 añitos por leucemia, y luego otra con 21 años por tuberculosis. Uf”, resopla Rocío, a lo que añade: “Ahora a mí me hace valorar muchísimo más las cosas de las que yo las he valorado toda la vida, ¿sabes? Porque yo ahora digo, o sea, me quejo de muchas cosas que son tonterías, y cómo de verdad… qué mujeres, cómo eran de fuertes, cómo se fue a trabajar al campo, cómo… la verdad es que sí”.

Rocío cuenta que un día se atrevió a preguntarle a su padre si él sabía quién había sido, quién se había chivado del paradero de Mariano, a lo que él le contestó: “Sí, yo sé quién fue, pero ya lo que quedan son sus hijos, sus nietos… y esa gente ya no tiene culpa de nada”. Su abuela Antonia también lo sabía. Y esa persona evitaba pasar por delante de su casa ya que ella siempre le gritaba: “¡Criminal!”. “Lo que pasa es que un día colgó un pantalón de su hijo mayor, en el tendedero del patio, y se lo rajaron de arriba abajo. Como diciendo: fuimos a por tu marido y podemos ir por tu hijo. Y entonces mi abuela ya: chitón”.

“Desde chica, para mí es una historia que siempre me ha intrigado. Y me ha intrigado más conforme que no me contaban. Es una cosa que siempre he tenido en mi mente. Y cuando salió la Ley de Memoria Histórica, me llamó mi prima y nos pusimos a buscar. Ahí encontramos un libro donde supimos que el cuerpo de mi abuelo estaba en Benacazón. En teoría, a mi abuelo lo fusilaron allí con dos personas más. En el pueblo se hicieron excavaciones pero el problema es que sobre la fosa común: se construyeron otros nichos; entonces ya es complicado…”, detalla Rocío.

Para ella y su prima Manoli, buscar el cuerpo de su abuelo, ha sido también un trabajo de buscarse a sí mismas. Y si tiene que escoger una palabra para definir todo este proceso, escoge: orgullo. “Yo me siento muy orgullosa. Me siento muy orgullosa de mi abuelo, de mi abuela, porque yo creo que esas mujeres también se merecen algún día un reconocimiento. Me siento muy orgullosa de mi familia, me siento muy orgullosa de mis orígenes. Y me siento también, por qué no decirlo, orgullosa de la persona que yo soy ahora mismo y de sentirme en paz. Yo sé que no voy a encontrar seguramente nada, pero todo este proceso a mí me sana y me alivia y me hace sentir que yo he hecho todo lo posible porque su memoria siga viva”, exterioriza Rocío. “Ya solamente con que su nombre, porque nosotros no tenemos una tumba, esté puesto ahí en el monumento del Parque de Retiro, eso para mí ya es lo más grande”, concluye.

Comparte:

,



Comments are closed.