Investigación, Testimonios

JOSÉ ROBLES POZO Y DOMINGO PÉREZ MENA

27 Feb , 2026  

TOÑI ROBLES SÁNCHEZ E ISABEL ROBLES PÉREZ buscan los cuerpos de JOSÉ ROBLES POZO Y DOMINGO PÉREZ MENA.

Isabel Robles Pérez (La Barca, 1946) y Toñi Robles Sánchez (La Barca, 1955) .

José Robles Pozo y Domingo Pérez Mena pertenecían a una pandilla de amigos veinteañeros originarios de La Barca de la Florida, que fueron apresados por la milicia franquista y encarcelados en el Alcázar de Jerez de la Frontera, en 1938. Ambos eran jornaleros del campo de La Barca, que por aquel entonces era una “aldea con chozas”, especifica Toñi Robles Sánchez (La Barca, 1955), sobrina de José. Y Domingo Pérez Mena, tío de Isabel Robles Pérez (La Barca, 1946), era familiar indirecto de José, y amigo del pueblo, por ser casi de la misma quinta.

Toñi y su tía Isabel, que siguen residiendo en la ELA (entidad local autónoma) jerezana, se reencuentran en un bar de Cuartillos para honrar la memoria de sus familiares desaparecidos. “¿Te puedes creer que ayer vi por primera vez la cara de mi abuelo Francisco?”, expresa impactada Toñi. Se refiere al padre de Isabel, Francisco Robles Infante (La Barca, 1887), quien tuvo dos compañeras de vida: María Pozo Ordóñez, quien fallece en el 1930 ó 31, y abuela de Toñi; y María Pérez Mena, madre de Isabel y quien se casa con Francisco en 1939, con tan solo 27 años de edad.

El primer matrimonio tuvo 7 hijos: Mariana, María Josefa, José (fusilado por el franquismo), Juan (padre de Toñi), Catalina, Paca e Isabel. La más pequeña, Isabel, se suicidó joven tras sufrir un episodio de agresión
sexual en el pueblo. Por ello, Isabel Robles Pérez lleva el nombre de aquella hermana que se quitó la vida. En el segundo enlace, Francisco y María tuvieron 6 hijos: Francisca y Francisco (que fallecieron jóvenes), Manuel, José, Isabel y Ana.

Isabel y Toñi cuentan que fue en 1938 cuando asesinaron a José y Domingo. “Desapareció todo el grupo de amigos. Yo escuché que un día se pusieron de acuerdo para tirar eucaliptos en la carretera de San José del Valle, con la intención de que los camiones de los soldados no pudieran entrar en el pueblo”, según relata Isabel. San José del Valle fue uno de los últimos refugios de la guerrilla antifascista y muchos de ellos huyeron al valle de la Sauceda (parque natural de los Alcornocales), el último bastión de resistencia republicana en la provincia de Cádiz. “Alguien lo chivató y esa noche se lo llevaron a todos”, termina Isabel.

“Mi madre me decía que su hermano era una persona muy decidida; entonces, como no le tenía miedo a nada, se metía en muchas cosas donde tendría mucho que perder… Ellos dos eran muy combativos”, apunta Isabel, al tiempo en que agrega Toñi: “José era un trabajador del campo que cuando venían los del sindicato, él se acercaba a escuchar. Y bueno… defendieron sus derechos y su vida”. Fue una noche, cuando fueron a por ellos y se los llevaron a Jerez, al Alcázar. “Allí iba una hermana mía, Mariana, la mayor, a llevarles a los dos el desayuno, la comida… Y al tercer día de estar encerrados, le dan a mi hermana la cartera, la petaca donde metía el tabaco y el mechero ese de cuerda, y le dijeron: Señora, esto es lo que queda de su familia. Y ahí fue todo…”, expresa Isabel emocionada.

Isabel sostiene unos documentos de su familiar.

“Cuando le pasa esto a mi tío José, mi padre estaba en el ejército, ya movilizado con 18 años, de la quinta del biberón. Entonces a mi padre le cogió, como a tantos otros, defendiendo a los asesinos de su hermano. Fue así”, comparte Toñi, mientras continúa: “Mi padre habló poco de su hermano José. A él lo llamaron a fila en el 37 y volvió al pueblo en el 44, porque lo engancharon con la División Azul. Estuvo por lo menos 7 años de guerra, primero en España y luego en Alemania. Es decir, el duelo, si lo pasó, no creo que ni tuviera tiempo; cuando volvió, se incorporó un poco a la vida normal: al campo y a la supervivencia. Él tendría su pena. Pero no recuerdo que hablara de él…”.

Toñi recuerda que recuerda la historia del tío José por pinceladas que le escucha a su tía Catalina. Isabel, en su caso, dice que supo de la vida de su tío Domingo por su madre, María. “Ella, la pobre, lo llevó toda su vida… Ellos fueron cuatro hermanos, y todos se fueron por muerte natural. Solo le quedaba su hermano Domingo, hasta que finalmente lo mataron”.

“Yo tendría mis 15 años cuando mi madre lo que quería era contar, contar, contar. Contar para que supiéramos la vida de… Y ella por cualquier cosa saltaba corriendo y contaba. Tenía mucho afán por querer echar fuera lo de su hermano Domingo… Porque eso lo había guardado ella toda la vida”, lamenta Isabel. Y compartir lo que una guarda dentro, compartir la carga… alivia, suelta, aligera. Ambas coinciden en que en aquellos tiempos, “las criaturas sufrían para adentro” y que no externalizaban lo que sufrieron y padecieron. ¿Miedo?

“El miedo perduró y yo creo que perdura. Yo estoy yendo ahora a muchas conferencias, a muchos actos de memoria histórica, por la sierra nuestra, y aún acude muy poca gente. Y yo creo que en cada familia siempre hay alguien desaparecido. Y yo creo que la gente no va a esos actos por miedo a señalarse, por miedo todavía. Creo que todavía hay un lastre ahí de miedo”, sostiene Toñi, quien destaca la importancia de generar espacios de habla y escucha sobre memoria histórica.

“Yo tomé conciencia hará unos 20 años, por una charla que hubo en La Barca, sobre memoria histórica. Vino una gente de una asociación de El Puerto Santa María, porque no tenía conocimiento de que en Jerez existiera un grupo así. Esta gente vino, dio la charla y yo entonces tomé conciencia. Porque claro, cuando tú eres chica, escuchas: Guerra Civil, se llevan a tu tío… Pero tú piensas que estaban ahí pegándose tiros unos a otros. Y cuando esa asociación dio esa conferencia en el pueblo, yo me di cuenta de que eso no tenía nada que ver con dar tiros, sino que se lo habían llevado por unas ideologías. Entonces me dije: esto es peor de lo que yo había pensado. Y desde aquel momento siempre he tenido este tema ahí”, confiesa la sobrina de José. En el territorio de La Barca ocurrió como en la ciudad de Jerez de la Frontera: con listas en la mano, fueron casa por casa, llevándose a vecinos con ideas progresistas.

“Siempre me ha parecido que eso estaba ahí pendiente, como una asignatura pendiente que teníamos las familias, de dignificar a estos tíos. Y ahora ya, cuando en estos años ya se está moviendo, ya se está hablando, ya salen grupos, ya salen actos, ya salen… Y yo digo, pues yo me incorporo a ese movimiento, de poder sacar a la luz y que se hable, y que se diga, y que se dignifique”, recalca Toñi. Tía y sobrina, se ponen a observar documentos antiguos, fechas, firmas, viejos retratos de familiares que ya no están entre nosotros, pero que siguen en nosotros.
“Ahora me doy cuenta de lo que hemos perdido de memoria…”, murmura Toñi mientras siguen revolviendo papeles y esa misma historia que las une.

—¿Por quién lo hacéis?
—Por mi madre María. —contesta Isabel.
—Sí, también. Aparte de combatir el fascismo, también lo hago por mi madre, mi abuela, mi tía. Por el sufrimiento que tuvieron que… guardarse, que les tocó vivir a las criaturas—añade su sobrina Toñii.

También es un diálogo con aquellos a los que nos arrebataron. La hermana de José Robles Pozo reza porque “él sepa que peleamos por él y por sacarlo de donde está”, y su sobrina, la hija de su hermano Juan, quiere devolverle dignidad, honor y orgullo a la familia: “Tenemos que conocer la historia de dónde venimos. Qué pasó, qué no pasó; y traerla al día a día para que lo malo no se vuelva a repetir. Que lo malo no se repita”.

Retrato de José Robles Pozo.

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