Investigación, Testimonios

JOSÉ GÓMEZ ACEDO

20 Feb , 2026  

PEDRO GRIMALDI AGUILERA narra la violencia a la que se vio sometido su tío abuelo materno, JOSÉ GÓMEZ ACEDO.

Pedro Grimaldi Aguilera (Jerez, 1957).

“Él tenía una camioneta con la que se buscaba la vida dando portes. Pero las brigadas franquistas y los golpistas le requisan la camioneta y le obligan a transportar a los presos republicanos al camino de la Trocha, donde los fusilaban. Esa fue su rutina sistemática: tenía que llevar a los presos en su camioneta, pero no solo eso, sino que le obligaban a presenciar los fusilamientos”, así narra Pedro Grimaldi Aguilera (Jerez, 1957) la violencia a la que se vio sometido su tío abuelo materno, José Gómez Acedo, tras el levantamiento militar del verano del 36, en Jerez de la Frontera.

José intentaba esconderse detrás de su camioneta para no ser testigo de cómo el hierro acababa con la vida de tantos vecinos. “Pero le obligaban a presenciar los fusilamientos bajo amenaza de fusilarlo a él también. Eso, según me cuenta mi madre, le perturbó bastante y lo mató ya para el resto de su vida. De tal forma, que mi tío, al cabo de los años, enfermó: se volvió loco”, cuenta Pedro. Su madre María, sobrina nieta de José, lo recuerda “hablando solo por la calle, con una conducta perturbada”, cuando ella tan solo era una niña. Por lo que lo ingresaron en el sanatorio de Cádiz, donde falleció a principios de los años 50.

Originarios de Alcalá de los Gazules, la familia traslada a Jerez de la Frontera, concretamente a la calle Cerro Fuerte, número 4, en el señero barrio de San Miguel. José Gómez Acedo era el pequeño de cuatro hermanos: Ana, Juana, Francisco y él. Ana, la mayor, era la abuela de Pedro, quien la recuerda como una mujer “muy retraída”. “Ella tuvo una vida muy dura, muy tremenda, que yo cuento en el documental que le hice a mi madre. Mi abuela siempre estaba triste. No recuerdo su sonrisa”. Y es que Ana no solo perdió a su hermano, sino que también enviudó a los 30 años y con seis hijos a su cargo, después de que su marido José Aguilera Barrera (trepador de oficio) falleciera en un trágico accidente de coche.

Ana se anudó el delantal y se buscó la vida para sacar adelante a su familia. Trabajó en una lechería, limpiando en el cuartel de la Guardia Civil (que hoy es el Palacio de Villapanés) o en casa de señoritos… “Se aferró a que no le quitaran a sus hijos”, espeta su nieto. “Para mí mi abuela es una mujer poderosa. De una generación a la que, a mi parecer, no se le ha hecho justicia. Una generación que merece un homenaje monográfico porque fueron dobles víctimas del franquismo”, denuncia. No obstante, Pedro no conoció la historia de su tío abuelo a través de su abuela Ana, sino por boca de su madre María, quien nunca dejó de narrar los horrores del franquismo. “Mi madre me contaba cosas de su infancia, de cómo vivió la guerra, del hambre”.

“Cuando éramos pequeños… me acuerdo que estábamos mi hermano, mi primo (que estudió medicina y que vivió con nosotros muchos años), en la cocina de la calle Sol, dónde vivíamos; y ellos hablaban de política… Y mi madre siempre decía: hablad bajito. Entonces… esa idea, ese silencio del miedo yo creo que ha marcado a toda esta generación durante toda su vida. Por eso fue maravilloso poner una cámara delante de mi madre, en el 2016, para que contara todo esto ya sin miedo”, sonríe Pedro, a la par que menta el documental que le realizó a su madre: ‘María. Memoria de una niña de la guerra’, disponible en YouTube.

Con nostalgia y la mirada en un tiempo ya pasado, Pedro recuerda alguna de las historias de tragicomedia que le contaba su madre María acerca de su infancia. “Es curioso porque nos hacían gracia las historias de la picaresca del hambre, ¿no? Pero es que hay realmente historias que son dramáticas y a la vez tragicómicas. Mi madre nos contaba siempre una historia cuando éramos pequeños. Mi tío Lolo, mi tío Manuel, era un tío fortachón y trabajaba en la aserradora de Jerez. Era cajero, los que ponían las tapas a las cajas. Y en la aserradora había un mulo de carga; y al mulo le daban de comer algarroba. Pero los trabajadores le robaban la algarroba al mulo, de tal manera que el mulo, el pobre, murió de desnutrición. Y todo eso lo contaba mi madre con mucha gracia, y mi tío Lolo decía: Claro, no se iba a morir, si le quitábamos la algarroba”, relata.

Pedro Grimaldi Aguilera nos narra alguna de las historias de tragicomedia que le contaba su madre María.

Son muchas las historias que tiene Pedro en su memoria. Relatos tremendos, de dolorosas violencias. “Recuerdo como, de pequeñito, la gente de la brigadilla de la Guardia Civil llevaba al almacén de mi padre, que por aquel entonces los almaceneros eran una especie de ONG de los barrios, porque daban fiado de comer a una población muy necesitada, sobre todo a mujeres. Y recuerdo cómo entraban la brigadilla a la almacén y mi padre le daba el papelón de jamón y se iban sin pagar. O sea, extorsionaban a estos pequeños comerciantes de los barrios por cuestiones mínimas, ¿no?”, refleja.

Los episodios de hambre, pobreza y dolor eran de sobra conocidos para la familia Gómez Acedo y para sus descendientes, “pero parece ser que ese sufrimiento se lo guardaban”. Lo soterraban, lo enquistaban de manera individual, pero era un tormento compartido, colectivo. “Y no se comentaba. Fíjate tú, además del sufrimiento: había que ser prudente y no se comentaba. Y cuando se comentaba se hablaba de manera bajita, con mucho miedo”, asegura Pedro, quien agrega que “por eso yo vi la necesidad de hacer este documental de mi madre, porque era una generación que había vivido permanentemente en el miedo, en el miedo siquiera a contar sus propias penas. Eso me pareció tan terrible… Por eso conseguí que mi madre se abriera ante la cámara y me contara esas historias”.

“Y ahí aparece la historia de mi familia, una familia pobre que se ha buscado la vida”, recalca. ¿Y por qué lo haces, Pedro? “Por justicia, porque se conozca, porque… Porque me da una tremenda rabia que haya una generación de jóvenes que no conozcan esta historia”, contesta.

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