
Raúl Ramírez Dorantes (Jerez, 1971) y Ángeles Dorantes Sánchez (Jerez, 1956).
Raúl Ramírez Dorantes (Jerez, 1971) y Ángeles Dorantes Sánchez (Jerez, 1956) se encuentran sentados en el banco central del memorial de El Retiro. Sobrino y tía, vienen a hilvanar la historia de sus antepasados. Una menuda, arrebatada joven, a los 40 y tantos, con el Golpe de Franco. Y otra larga, pero no próspera; llena de pobreza, miedo y mucho silencio, hasta que el caudillo dio su último aliento. Y ambos, bajo el mismo nombre: José Dorantes.
El primero, abuelo de Ángeles y bisabuelo de Raúl, es José Dorantes González. Nacido en Lebrija, fue viticultor en Jerez y secretario del sindicato de Trabajadores de la Tierra. Se casó con María Ortiz, natural de Trebujena, que fallece en 1931, de tuberculosis. Antes de la enfermedad, el matrimonio da a luz a cuatro hijos: José, Basilia, Maruja y Juan. El mayor, José Dorantes Ortiz (Jerez, 1922) es el segundo coprotagonista de esta historia.
J. D. González fue apresado y fusilado por falangistas en el verano del 36, y su primogénito, J. D. Ortiz, falleció en 2019 a los 96 años de edad.
Más de una década antes de su marcha, en 2006, José ‘Pepe’ Dorantes Ortiz, presidente del PSOE de Jerez entre 2004 y 2012, concedió una entrevista al Diario de Jerez, donde hacía memoria. “Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Hacía un levante tremendo en la Alameda Cristina. Me coge mi padre y me dice: Pepito, creo que voy a tener que huir al campo porque están matando a todos mis compañeros y alguna de estas noches vendrán a por mí. No se equivocaba. Esa misma noche se plantaron en casa y se lo llevaron. Yo estaba dormido, no escuché nada. Al día siguiente me lo contó mi madrastra”, narró Pepe Dorantes al diario.

Listado de concejales a las elecciones municipales de 2007 con el nombre de José Dorante Ortiz.
En el reportaje, que redacta Pedro Inglemo, Pepe Dorantes aporta mucha información sobre el circuito que recorrió su padre a manos de los falangistas. Cuenta que primero se lo llevaron al cuartel que había en la plaza de la Yerba, después, a la casilla (la comisaría), lo que hoy es el Ayuntamiento. Luego lo trasladarían al cuartel del Tempul (conocido entonces como el cuartel de caballería), donde estuvo en un pequeño calabozo junto con otros 20 presos.
“Tenían que estar permanentemente de pie porque no había sitio para tumbarse o sentarse. Respiraban por el hueco de debajo de la puerta o por la mirilla”, apunta Pepe sobre las condiciones infrahumanas a las que lo sometían. Y cada noche: “hacían un limpiao”. Según comparte su hijo, José Dorantes González no cayó allí, sino que fue trasladado a El Alcázar, desde donde salió “para no volver más”. “No sé dónde lo mataron ni dónde lo enterraron”, aseguró, pero sabía que a muchos los arrojaron en las cunetas de La Trocha (camino de El Puerto), o los mataban en el puente del Duque, bajo el ferrocarril. “A mi padre sólo lo vieron muerto los que lo mataron”, sentenció Pepe aquel día.
Tras la desaparición de J. D. González, sus hijos se quedan huérfanos y son separados, repartidos en hospicios y asilos de Cádiz. No obstante, Pepe y su hermano Juan no duraron mucho, ya que se escaparon del hospicio y regresaron andando a Jerez. “Él —Pepe– se puso a trabajar muy joven. Mi abuelo como previamente ya sabía lo que le esperaba, estuvo hablando con alguien de una viña para que le buscara un trabajo a su hijo el mayor”, detalla Ángeles sobre la adolescencia de su padre Pepe. “La familia quedó destrozada”, enlaza Raúl. Pepe al principio trabajó en bares: La Moderna, Bar Corona, Las Siete Puertas… “A mí me decía que Las Siete Puertas era un sitio muy especial, donde vivió un poco la noche…”, sonríe su nieto. “Pero su trayectoria laboral ha sido en bodega; empezó de aprendiz a los 24 y terminó de capataz general de bodega, en Sandeman —el rango más alto—”, incide Ángeles.
Siendo muy jóvenes, Pepe Dorantes Ortiz y Mercedes Sánchez Rosado (Jerez, 1921) se casaron. El matrimonio tuvo 10 hijos: Pepe, Mercedes, quien fallece con 19 meses por tuberculisis (y entrega su nombre al siguiente alumbramiento), Mercedes (madre de Raúl), Pedro, Carmen (quien también fallece), María Gloria, Ángeles, Basilisa del Carmen, Sofía y Fidel, el pequeño, que fallecidó hace tan solo tres años. Al poco de tener a los dos primeros, Pepe se ve obligado a hacer la mili; por lo que el fallecimiento de Mercedes lo coge fuera de casa. “Si no me hubieran llevado…”, lamentó Pepe en la entrevista del diario. La familia al completo residió en el barrio San Pedro, en calle Los Valientes. Pepe leía mucho y llegó a tocar el saxofón en una banda de música. Sus descendientes lo recuerdan constantemente como un “autodidacta total”.
—¿Él hablaba en casa de su padre?
—Sí, hablaba de su padre, pero de lo trágico.
—¿Qué decía de él?
—Él siempre contaba que lo fusilaron, lo de El Alcázar… Mi padre todo lo relacionaba siempre con lo mismo, ¿verdad?— responde Ángeles.
“Es que eso marca mucho”, continúa Raúl. “Yo de adolescente tenía muchas peloteras con él. Porque yo políticamente estaba con otras cosas, aunque estaba en un espectro, estaba en otro (Partido Andalucista)… Igual que a mi padre, a los dos le hubiera encantado que hubiera caido en la organización política en la que militó, ¿no? Que militó siempre en el PSOE”, expone el nieto de Pepe. “Todo su dialéctica estaba marcado por la guerra, por lo que aquello supuso. En la cama, antes de morirse, siempre terminaba llorando por esa pena que tenía de no haber podido conocer o saber, de qué le había pasado a su padre”, agrega. “Muy, muy marcado”, reitera Ángeles.
“No sé cómo pudieron vivir… Eso se lo preguntaba yo mucho a mi padre… Bueno, no sé no, me imagino que fue por el miedo que supuso la dictadura… ¿Cómo podían vivir? Sin explotar, ¿Cómo pudieron? Imagino que porque había que vivir, que mantener a una familia, había que trabajar… Y porque evidentemente no se podía hacer nada. Había que sobrevivir, ¿no?”, reflexiona Raúl.
“Mi abuelo siempre catalogó la guerra civil como un Golpe de Estado. Y él siempre me decía que las derechas andaluzas, y concretamente las de Jerez, son las peores derechas de Europa. Las más casposas, las más retrógradas y las más reaccionarias. Me decía: no te equivoques, son los más malos”, sostiene. Pepe no era de grises, ni matices. O una cosa o la otra. Por eso, en su sepelio solo estaba la bandera republicana y todos los símbolos religiosos, tapados.
Su padre, José Dorantes González, según coinciden sus familiares, era una persona bastante avanzada, “parece ser que estaba metido en grupos naturistas, de temas de naturaleza. Y hombre, para ese tiempo, esa formación, para ser un hombre de campo, era bastante… libre, ¿no? De hecho, yo creo que su hijo Pepe también recibió esa educación”. Porque… ¿Cómo era su hijo Pepito?
“En la casa donde no hay gobierno, a pellizco se corta el pan tierno. Eso lo decía mi abuelo cuando íbamos a comer; una frase anarquista total. Y también citaba a Confucio todo el rato… Hace 40 años, él elaboraba kéfir y era vegetariano. Todo lo arreglaba con la hoja de col, para curar las heridas, ¿quién hace eso? Él elaboraba su propio estiercol en su huertecito… Y dejó de fumar el día que España ganó la Eurocopa del 64. Así era mi abuelo Pepe”, sonríe Raúl. “Yo creo que todo esto le venía de su padre José, de su forma de vivir”, confiesa. La necesidad de ser independiente, autosuficiente, entre tanto dolor y tanta pena, “con esa pena se murió y esa pena es transversal a la memoria de la familia”.
“Para mí hay una necesidad de justicia. Reparación no sé en qué medida. Porque, bueno, reparar… Aquí nadie pide nada. Simplemente…, justicia y memoria. Y recuerdo a personas que fueron injustamente asesinadas y borradas. Sobre todo borradas. Porque durante 40 años, no existían. Y eso es muy injusto”, pronuncia Raúl de manera pausada y entrecortada. “Que nada de esto quede en el olvido”, apostilla y concluye la nieta de José Dorantes González. Que su nombre, como el de su hijo Pepe, siga retumbando en la ciudad que los vio crecer.

El nombre de José Dorantes González en el Memorial del parque del Retiro.
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