
José Manuel ‘Pepe’ Trillo Marín (Jerez, 1957).
—La próxima loza que se va a colocar en Jerez sobre memoria histórica es la de mi abuelo Honorio.
—¿Qué aparecerá escrito en ella?
—A él se le va a poner: en memoria de Honorio Marín González, un luchador. Porque mi abuelo era un luchador. Y en la familia el que más lo recuerda e intenta imitarlo soy yo; porque yo quería ser como él.
José Manuel ‘Pepe’ Trillo Marín (Jerez, 1957) viene en su scooter eléctrica. Tranquilo y ataviado de la bandera palestina, el que fuera líder de Comisiones Obreras en Jerez durante 36 años, se sienta en un banco de la plaza del Arenal, junto al Edificio de los Sindicatos, para contar su historia, que también es la de sus antepasados.
“Desde que tenía 11 años, quise ser anarquista. Quería ser de la CNT. Pero empecé a trabajar en el Bar San Pedro, en la calle Bizcocheros, y justo a 100 metros estaba la sede clandestina de CCOO en una casa de vecinos. Y uno de los clientes del bar vio mi actitud y me propuso ir a ver la casa. Cuando entré y vi aquello, decidí afiliarme a Comisiones Obreras”, añora.
Una motivación que nació de la herencia de la lucha de sus abuelos: Honorio Marín González, conocido como ‘Maquica’, (Trebujena, 1892) y Micaela Aguilar Díaz (Trebujena, 1899), conocida como ‘Calela’. Originarios de tierra de labranza y de viña, ambos eran anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT, “no luchaban por la República, ni por la democracia, sino por el comunismo libertario”. Honorio fue uno de los que participaron en el levantamiento campesino de enero 1933, conocido como la “masacre de Casas Viejas”. Su incansable lucha por el derecho de los trabajadores le llevó a estar preso en dos ocasiones durante la Segunda República. Incluso sus hijos decían que su padre estaba más tiempo preso que en casa.
El matrimonio tuvo 8 hijos: Feliciana, Pepa, Ofelia, Eduardo, Manuel, Francisca ‘Pacurri’ (la madre de Pepe), Juan y Bienvenida, la pequeña, que nace en el 35 y fallece en diciembre del 36 por falta de alimento a consecuencia del Golpe de Estado. La familia residía en el barrio de San Miguel, en el número 15 de la calle Ramón de Cala, ya que la finca donde Honorio trabajaba se encontraba más cerca de la ciudad jerezana. Maquica trabajaba en la viña de El Majuelo, y también para el Ayuntamiento empedrando las calles; mientras, Micaela llevaba la casa y su familia adelante.
No solo Honorio se jugaba el pellejo en el anarcosindicalismo, Micaela también participó en el activismo libertario, “ella colaboraba con el abuelo, sobre todo por correo, se guardaba los papeles y documentos en los senos y nunca salían de la casa juntos, caminaban por calles diferentes, incluso cuando cogían el tren se montaban en vagones diferentes”, asegura Honorio Trillo Marín (Jerez, 1959), hermano pequeño de Pepe.
En el barrio, según cuentan sus descendientes, los vecinos temían a Maquica porque le abría la puerta a las jaulas de los pájaros para liberarlos, “porque decía que un pájaro en una jaula era como un hombre en la cárcel, que los pájaros estaban hechos para volar libremente; por ello cuando los vecinos sabían que llegaba Honorio, metían las jaulas en su casas”. “Muy abuelo era distinto a los hombres de la época”, ensalza Pepe Trillo. “Él ayudaba en las tareas del hogar, a su mujer le decía siempre compañera, y cuando se iba, nunca decía adiós, sino que se iba diciendo salud”, sonríe. “Y yo sigo diciendo lo mismo cuando me despido”.

Padrón de habitantes de Honorio.
Cuando se produce el levantamiento militar del 18 de julio de 1936, Honorio Marín ‘Maquica’ era uno de los que rezaban en la lista. Su compañera Calela le pidió que se marchara, que iba a ir a por él. Pero él se negaba, decía que no había hecho nada malo y que no tenía por qué esconderse. No tardaron mucho en ir a por él. Fue en la madrugada del 19 de julio cuando se presentaron en su casa los falangistas y bodegueros Estanislao Domecq González-Gordon y José de Soto y Abad, acompañados de dos guardias de asalto, uno de ellos vecino de la calle Empedrada. Allí lo esposaron delante de toda su familia y se lo llevaron en ropa interior. Ni tan siquiera le permitieron vestirse.
“Mi tía Pepa se fue corriendo detrás del camión que se lo llevó, con la ropa en la mano. No permitieron que la hija le diera la ropa al padre, para que mi abuelo no estuviera en calzoncillos”, relata Pepe. Además, también fueron a por los hermanos de Honorio: Juan y Manuel. El primero pudo escapar hacia Argentina, disfrazado de mujer, y nunca regresó a España. Manuel, que era encargado de la juguetería que estaba en la esquina de calle Larga con Algarve, fue detenido.
Una vez preso, su familia le llevaba todos los días una cestita de comida. “Lo poquito que conseguían para que él comiera. Se lo daban y mi tía Pepa esperaba a que el guardia civil o el funcionario que estaba en la prisión le devolviera la cestita. Hasta que un día, cuando el funcionario le devuelve la cesta a mi tía, se da cuenta de que la cesta estaba llena, que no había comido. Le preguntó si su padre no tenía hambre y le contestaron: No, tu padre ya no está aquí. Ahí fue cuando ya no supieron más de él”, narra su nieto. Ese mismo día Ofelia regresó a casa corriendo y gritando: “¡Mamá ya, mamá ya!”. Y Micaela, de la fatiga, cayó al suelo. Desde entonces, no se supo del paradero de Honorio ‘Maquica’. Sin rastro, sin cuerpo.
Como tantos otros de miles de desaparecidos por el régimen franquista, no tuvo la oportunidad de despedirse ni de ser enterrado por su familia. No hubo reposo, ni descanso. En aquellos años, Calela recibió la visita de extraños personajes que la engañaban diciéndole que su compañero estaba vivo, incluso alguno con la intención de sacarle dinero. A ella le costó mucho tiempo aceptar que Honorio estaba muerto. Nunca cerró la puerta de su casa, por si algún día regresaba. Hoy la familia conoce que Maquica estuvo encarcelado hasta el 28 de agosto, día en el que fue fusilado.
Sin su compañero, sin un sueldo y con 7 bocas que alimentar, ya que Feliciana, la mayor, falleció al año y medio de nacer (08/01/1916 – 06/08/1917), a causa de albuminosis. Micaela ‘Calela’ fue vendiendo todas las pertenencias que tenían en casa que se podían vender… “Solo se quedó el somier de una cama que no pudo vender porque estaba hecho de tablas de madera, tablas sobre las que dormían ella y alguna de sus hijas. Sobre el suelo pelado dormían los varones. Los colchones, las sábanas, las mantas… vendieron todo. Como no tenían mantas para abrigarse, para no pasar frío se calentaban acurrucándose unos contra otros, hasta que Calela consiguió unos sacos que llenaban con los restos que tiraban de la eneas. Aquellos sacos, a modo de colchón, pinchaban tanto, que antes de acostarse sobre ellos los tenían que pisar como a la uva”, comparte José Manuel.
“A mi abuelo lo mataron; y todavía no sabemos donde está enterrado. Pero mi abuela es la que sufrió. Tuvo que criar a 8 hijos sin una prestación, sin ninguna ayuda. Tenía que trabajar hasta tres veces, en tres sitios distintos, para que sus hijo pudieran, al menos, comer una vez al día”, sostiene Pepe. Su abuela Calela trabajó lavando, planchando, encalando paredes y en bodas… “En las bodas se guardaba algo de comida en los pechos, y para ropa y calzado no tenían, por lo que vestían con ropa remendada y alpargatas”.
Ella y sus hijos se vieron en la pobreza y en la necesidad de tener que trabajar desde jóvenes para llevar un jornal a la casa. Los mayores se pusieron a currar mientras Ofelia se encargaba de la casa y de los hermanos más pequeños. “Mis tíos y mi madre sufrieron mucho. En los colegios, que por aquel entonces eran de curas y monjas, ellos querían que dijeran que mi abuelo había fallecido de muerte natural. Y no, mi familia decía que mi abuelo había muerto asesinado por el franquismo. Entonces les ponían orejas de burro a mis tíos, o a mi madre la ponían a limpiar los retretes… Hasta que al final todos se fueron de los colegios y terminaron siendo analfabetos”, afirma Pepe.
Su familia mantiene que en casa Honorio siempre estuvo presente. Nunca dejaron de mentarlo, de recordar su presencia y esencia. “De mi abuelo se ha hablado siempre. En mi casa yo recuerdo de niño, que mi abuela se sentaba en una butaca de esas antiguas, que tenía en su cuartito, y la conversación de ella era siempre su compañero, su Honorio. Siempre, siempre, se ha hablado en mi casa de él y de lo que él era, y de lo que él hacía… y de la buena persona que era”, expresa su nieto emocionado.
Sin certeza sobre dónde se hayan los restos de Honorio, su familia baraja dos posibles ubicaciones: en la carretera de Trebujena, a la altura de la Viña El Majuelo (donde él trabajó), o junto a una calería que había en la carretera del Calvario a la salida Jerez, también llamada Cañada de Miraflores. Su familia sigue buscándole: preguntando, escarbando, compartiendo su relato…Sin certeza sobre dónde se hayan los restos de Honorio, su familia baraja dos posibles ubicaciones: en la carretera de Trebujena, a la altura de la Viña El Majuelo (donde él trabajó), o junto a una calería que había en la carretera del Calvario a la salida Jerez, también llamada Cañada de Miraflores. Su familia sigue buscándole: preguntando, escarbando, compartiendo su relato…
“Quiero saber dónde está. Y mi hermano igual. Queremos saber dónde está”, insiste Pepe. “Para que esté donde debe estar: en el cementerio”. Por último, el histórico sindicalista jerezano, nieto del histórico anarcosindicalista trebujenero, pide “que nadie olvide el pasado”. “Porque quien olvide el pasado está olvidando el presente y el futuro. Y luego, quiero decirle al gobierno que espero que en las próximas elecciones sigan ganando los partidos democráticos, porque si no, no se van a recuperar los cuerpos nunca…”, sentencia.

Retrato de Honorio Marín González.
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